Por: Libia Ines Penagos Moreno, columnista invitada al Café caliente para el alma.
Las palmeras se conocen por su tronco alto y erguido, su larga vida y su generoso y rico fruto (los dátiles).
El cedro del Líbano crece hasta 34 metros de altura y alcanzar hasta 9 metros de circunferencia, así mismo su raíz se profundiza hasta 50 metros esto nos da una idea de la gran solidez, firmeza y fortaleza.
Así vive el hombre que de continuo se presenta delante de Dios para que le sane y le transforme, hasta convertirlo en ser justo, integro y de recto proceder, es decir, conforme al corazón. A ese hombre y esa mujer tratados por Dios, las circunstancias y las adversidades no logran abatirlos, al contrario, plantados y arraigados en el fértil terreno de una fe viva en Jesucristo, autor y consumador de la verdadera fe, desarrollan una vida totalmente fructífera, en todas las áreas de sus vidas, en todos los campos en que se desempeñen, en todo lo que emprenden, verán bendición, multiplicación y fructificación, serán fuertes, estables y vigorosos, prósperos y productivos.
Dios es bueno y justo y es por esta razón que El quiere que también nosotros. El siempre recompensa generosamente al que lo es. Sin embargo, la justicia no es fruto de un acto de la voluntad humana. Se requiere un verdadero cambio en la esencia y la naturaleza misma del hombre. El manual de vida, la biblia, nos enseña que solo cuando Cristo viene a morar a nuestra vida, nuestra naturaleza pecaminosa muere, y adquirimos una naturaleza divina.
Mi invitación es que construya el camino de su propia felicidad y realización, recibiendo a Cristo en su corazón y buscando cada de la fuente divina, permita que sus raíces crezcan y se fortalezcan de una manera profunda, en aquella palabra fiel y verdadera que le edifica, le guía, se hace justo y le fortalezca para ganar la batalla de la vida.
