Por: Libia Ines Penagos, columnista invitada al Café caliente para el alma.
Hambre y sed es una gran necesidad que tiene el mundo actual, una necesidad fisiológica de angustia que pone en acción a las personas en la búsqueda a como de lugar. Cuando nuestro cuerpo deja de recibir nutrición por varias horas o días, este debilita de tal manera que llevara a la muerte. Así mismo sucede con nuestro espíritu, cuando deja de alimentarse adecuadamente, sucede un caos total y lo mas grave, la muerte en el espíritu. Se pierde la comunicación con Dios.
El manual de vida, la Biblia nos dice claramente en 1 Pedro 2:2 “Deseando, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”. Así mismo nos manifiesta el salmo 19: 7-9. El mandamiento de Dios es perfecto que convierte el alma, el testimonio de Dios es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Dios son rectos, que alegran el corazón, el precepto de Dios es puro, que alumbra los ojos. El temor de Dios es limpio, que permanece para siempre, sus juicios son verdad, todos justos.
Quien con vehemencia clama a Dios, reconociendo la grandeza de Dios y su poder para obrar en nuestra vida y le pide sabiduría para entender su palabra, fe para guardarla en el corazón y templanza y dominio propio para colocarla por obra, con toda certeza Dios responderá con seguridad.
El mundo necesita de hombres y mujeres cuya vida, pensamientos, acciones y decisiones, no se rijan por sus variables emociones o su relativo código de justicia, o sus torcidos valores y juicios, sino por la perfecta y limpia palabra de Dios. De esta manera como padres, esposos, hijos o hermanos, jefes o empleados, ejercemos el mayor bien a nuestros semejantes, nos convertimos en personas que generaremos cambio y contribuiremos a traer el reino de los cielos a esta tierra, siendo irreprensibles y sencillos.
Para logar todo esto es necesario mantener nuestro espíritu bien alimentado con su palabra, para actuar y colocar en acción todas las cosas que nuestro buen Padre Dios nos ha dejado para ser aquellos hombres y mujeres que también alimentaran a otros con esas buenas acciones
