Colaboración de Rosa Samovilla.
Bolivia Vera cree que fue “el destino” el que la trajo hace casi veinte años desde Cúcuta, una gran ciudad colombiana, hasta Coria, en cuyo hospital es actualmente jefa del Servicio de Oftalmología. En esa localidad del norte de la región ha desarrollado la mayor parte de su carrera y ha criado y educado a sus hijos que, como ella, han hecho de Coria su pueblo y “son extremeños”.
Bolivia Vera Cristo
Jefa del Servicio de Oftalmología de Coria
Bolivia Vera Cristo es la cuarta de una saga familiar de oftalmólogos de Cúcuta, una populosa ciudad colombiana de casi un millón de habitantes, capital del departamento Norte de Santander, una región de clima cálido durante todo el año situada en la frontera de ese país con Venezuela.
Su padre, Carlos Vera Villamizar, fue, además de jefe de oftalmología del hospital de Cúcuta, dos veces gobernador regional, senador, y embajador de Colombia en Holanda. Su madre, Magibe, fue según la define ella misma “una libanesa de pura cepa” que hablaba tres idiomas, tenía una amplia cultura humanística y aportó a su familia “además de todo lo bueno que da cada madre, internacionalización, modernismo, y un empuje poco común en aquella época”.
Ella cree que fue “el destino” el que la llevó a Coria hace ya casi 20 años para trabajar en el recién creado hospital de esa localidad extremeña, en el que dirige el Servicio de Oftalmología desde 2008. Allí ha criado y ha educado a sus hijos que, como ella, “son extremeños”.
Sabiendo lo que sé de usted, tengo que preguntarle cómo hizo el camino desde Cúcuta hasta Coria.
Vine con una beca del Instituto Hispano-Americano a Madrid y Valladolid, y conocí a Antonio, mi marido. El destino quiso que atravesara el océano y me quedara, como dice él, “inmigrante por amor”. Antonio vivía en Salamanca, y allí nacieron nuestros hijos, Zaine y Eduardo. Después estuvimos unos años en Colombia, pero con el tiempo la situación de mi país nos hizo plantearnos el regreso a España, y nuestro avión llegó a Extremadura. Nos enteramos a través de un amigo que en Coria necesitaban al tiempo un ginecólogo y un oftalmólogo, y eso nos permitía estar juntos. Eran otros tiempos, en 1992, había muchos médicos y pocas plazas, y Coria nos ofrecía lo necesario para que la familia estuviera unida.
Siempre he dado gracias a Dios por todas estas circunstancias. Después de todos estos años, Coria es mi pueblo. No sé si su gente me siente cauriense, como yo lo siento en mi corazón. Mis hijos son extremeños, se educaron en el colegio Sagrado Corazón, y tengo que agradecer a cada uno de sus profesores lo que son hoy.
Más fácil parece deducir que, en su caso, la oftalmología es cosa de familia.
Sí. Además de mi padre, uno de mis hermanos se dedica a retina en Bogotá, y el mayor, Carlos, mi principal maestro, que actualmente vive en Coria, es otro oftalmólogo muy reconocido por su labor docente. Yo resolví continuar la saga familiar, estudié medicina en Medellín, en la Universidad de Antioquia estatal, y después hice la especialidad en Bogotá. Eso sí, después de pasar un año en un pequeño pueblo cerca de Cúcuta haciendo el “año rural”, un período obligatorio en nuestro país para médicos, odontólogos y abogados, que deben hacer prácticas durante un año en poblaciones pequeñas para prestar servicio a la comunidad.
Los inicios en Coria no debieron ser fáciles…
Sí lo fueron. A mi llegada el hospital me pareció precioso, muy bien equipado, con gente entusiasmada dando el máximo de su rendimiento. Manuel Campos y yo creamos el Servicio de Oftalmología como tal, y aquí he podido trabajar con oftalmólogos excelentes, grandes amigos y profesionales. Fuimos el primer hospital en Extremadura que empezó cirugía oftalmológica mayor ambulatoria, y poco a poco el Servicio ha ido creciendo en equipos, colegas, calidad y eficiencia, para ofrecer atención a casi todas las patologías oculares. Así conocí este país y a los extremeños, en el Hospital Ciudad de Coria. Paso el 70% de mi tiempo en él, porque me gusta mi trabajo, las personas que me colaboran, las discusiones y peleas diarias que compartimos, y claro, la presencia de los pacientes cada uno con su mundo.
Profesionalmente, ¿limita mucho trabajar en un hospital como el de Coria?
Nuestro Servicio de Oftalmología en este momento tiene los más actuales y mejores recursos materiales, que cubren las patologías de un Hospital Comarcal. Un microscopio quirúrgico de última generación para todo tipo de cirugía, un láser para tratamientos de retina, un equipo de angiografía digital, el ecógrafo, y tal vez con el tiempo podamos añadir el OCT –tomografía de coherencia óptica, en sus siglas inglesas- – una técnica de imagen no invasiva capaz de generar imágenes parecidas a los cortes histológicos, muy útil para patologías de glaucoma, retina y cornea, que está introduciéndose en otros hospitales, pero que nosotros no tenemos por falta de recursos humanos.
Esa es la parte negativa, que nuestro servicio tiene 4 plazas para oftalmólogos, pero lamentablemente por la escasez de profesionales médicos las plazas no se cubren. No es fácil completar la plantilla en un hospital comarcal.
Ese es un problema que se da en casi todos los hospitales pequeños. ¿Ve alguna fórmula para solucionarlo?
Creo que nuestro hospital es un lugar idóneo para rotación de residentes de Oftalmología en los últimos años de prácticas. En los hospitales grandes hay un mayor número de profesionales, se tratan patologías más complicadas, y eso les impide un acceso continuo a la práctica del día a día con los procedimientos más frecuentes como los de cataratas, vías lagrimales o algunos de párpados. Esto, además de proporcionarles un buen entrenamiento, mejoraría la calidad de nuestro Servicio, que tendría siempre nuevas aportaciones, y nos permitiría hacer algunos trabajos básicos de investigación.
¿Su futuro está en Coria?
Por ahora la meta es seguir luchando por un buen servicio de Oftalmología en el Hospital Ciudad de Coria. En el futuro no lo sé, la verdad. Yo nunca habría imaginado que iba a hacer mi vida al otro lado del océano. Tampoco ahora sé dónde terminaremos. Pero mi trabajo y la gente de aquí hacen de Coria mi pueblo.
Para mí, su único inconveniente es la limitación de las comunicaciones, la necesidad de usar el coche para desplazarse fuera. Veremos con el tiempo que decisión tomamos, pero yo me siento cauriense y extremeña.
